domingo, 27 de octubre de 2013

Zaida y Martita: Parte 3


Zaida estaba ya desesperada, solo una semana tenía para planearlo todo, Marta estaba a dos días de hacer selectividad, decidir su futuro, irse de vacaciones, y en septiembre supuestamente iría a la universidad, quien sabe si quizás se quedaba en esa misma ciudad, o se iba lejos, muy lejos, donde Zaida jamas podría localizarla, y eso la tenía muy asustada.

Decidió centrarse en la "huida", lo que hacer una vez allí ya lo pensaría durante el viaje de vuelta a lo que siempre había sido su ciudad, y donde para ella, estaba su familia real.

Zaida llevaba ahorrando dinero durante esos dos años, quería escaparse, le daba igual ser una desgraciada y vivir de aquí para allá toda su vida, si así conseguía ver a Marta, explicarle la historia real, e intentar estar con ella, no pensaba en "volver con ella" porque teóricamente no lo habían llegado a dejar, pero en su cabecita Zaida sabía perfectamente que Marta podría haber conocido a otra persona, que quizás era muy feliz, y Zaida no la iba a culpar por ello, porque lo que mas ilusionaba y motivaba a Zaida era ver a su Martita feliz.

"Volver a besarla, a abrazarla, a sentir su boca en mi cuello... su olor, sus sonrisas, sus miradas pícaras, quiero estar a su lado, el tiempo no hará que me rinda, y mucho menos la puta distancia, y las putas circunstancias que me tienen lejos de ella, quiero un futuro a su lado, lo necesito, y lo llevo pidiendo a gritos en silencio todos estos meses, largos y desesperantes meses, quiero volver a darle esa confianza que ella depositó en mi, hacer que se sienta en casa conmigo, porque ella es mi casa"

Zaida sonreía mientras planeaba, al fin y al cabo volvería a ver a Marta, no sabe que pasaría, pero por lo menos la iba a ver, su actitud era positiva, el dinero ahorrado era suficiente. Decidió escribirle una carta a su madre, unas breves líneas donde explicaba sus intenciones.

"¿Te acuerdas cuando lloré aquella noche y viniste a consolarme mamá? No era por suspender aquel examen, era porque echaba de menos a Marta, ¿Y te acuerdas la rabieta aquella por que me rompiste sin querer el CD de Miley?  No era por el simple hecho de no poder oírlo, era porque era de Marta, juré devolvérselo y ahora no voy a poder, pero no pasa nada, le compraré otro. ¿Te acuerdas.... bueno no, no te puedes acordar, porque no te diste cuenta, pero tu hija ha llorado cada noche, se ha comido la cabeza porque ama a alguien y no entiende porque le impiden amar a quien quiera, estos dos años han sido un infierno, espero que perdones mi marcha, sera momentánea, volveré, si estáis dispuestos a quererme por lo que soy, no a obligarme a ser lo que queréis. No llames a nadie estaré bien, lo prometo. Te quiero"


Esa misma noche, Zaida, que supuestamente estaba en la biblioteca estudiando, se dirigió a la estación de autobús, para dirigirse a la capital, y de ahí a la ciudad donde sus sueños arrebatados iban a ser devueltos. Se montó en el primer bus que salía, sin previsión ni nada, simplemente con su mochila, sus ganas, y todos sus ahorros.

Pasó la noche durmiendo en el bus, bueno durmiendo bastante poco, la mayoría del tiempo se dedico a dibujar a Marta en su cuaderno en el cual había escrito durante esos dos años canciones, cartas, frases que dedicaba a Marta desde la más profunda de las tristezas, pero con la llama de amor en su corazón siempre encendida, Imaginaba volver a besarla, y su cuerpo se retorcía de mariposas, no podía creer que por fin había podido escapar de ese infierno, de esa sumisión en la soledad, y en la rigidez de su padre. Era libre.

El día amaneció frío, pero al final ya estaba en la capital, ya solo quedaba coger otro bus que la llevara al pueblo donde Zaida se había criado, y donde esperaba que su Martita la estuviese esperando, al menos para abrazarla, revivir y hablar.

Una hora después cogió ese bus tan esperado, Zaida estaba inquieta, mas aún que cuando Marta le hacía cosquillas cuando estudiaban, si, aun recordaba esos momentos, con melancolía y sonrisa en su rostro, se moría de nervios, quería llegar cuanto antes, aunque en parte tenía miedo, del rechazo, del olvido, de que el tiempo hubiese matado ese amor, porque total, eran pequeñas niñas de 15 y 16 años, ¿Quién la iba a tomar en serio?

Entre dimes y diretes que luchaban en su mente, el autobús tomó una ruta que le sonaba, que le resultaba familiar, vio esos arboles a lo lejos, los arboles gigantes del parque donde por primera vez ella y Marta se besaron. Uno de esos árboles que tiró una piña en la cabecita de Marta, le hizo un chichón tan grande que Zaida estuvo riéndose horas y horas, eso sí cuido a su Martita como si de una reina se tratase, si es que ese amor era real, completamente real, complicidad total y ambas desde el primer día lo sabían.

El vehículo frenó, ea, ya estaba ahí, Zaida estaba tan intranquila que ni siquiera se había preocupado por sus padres, solo tenía en su mente "buscar a Marta", tampoco había planeado como dirigirse a ella, si con confianza, como solía hacer o en cambio ir despacio, por si Marta no la reconocía o la había olvidado.

Reorganizó sus ideas, era hora de encontrarla, era sábado, Marta acababa de acabar los exámenes, ¿a donde iba Marta los fines de semana que no tenía que estudiar? Piensa Zaida, piensa, a sí, se venía al parque conmigo, montábamos en bici, nos columpiábamos como crías y luego íbamos a nuestro rinconcito a besarnos y a darnos mimos... forjando más aún si cabía su amor. Como echaba Zaida eso de menos, el problema era que eso no le valía en ese momento, así que fue a casa de Marta.

Zaida andaba nerviosa, titubeante, no sabía si llamar a la puerta, ¿y si la madre de Marta llamaba a la policía? ¿y si me odiaba por hacer daño a su hija? Zaida llegó a la calle de Marta, decidió ser precavida, solo quería que la viese su Martita, así que pensó en esperar en la acera de enfrente del chalet de lo que ella consideraba aun su novia, detrás de un seto, y ahí vigilar si el amor de su vida salia de su casa.

No hubo pasado ni media hora, cuando Marta salía por la puerta, con los patines puestos, con ese temblor que tenía cuando bajaba las escaleritas de su portal, con su pelo recogido, su camiseta blanca deportiva, sus vaqueros cortos que le marcaban su cinturita, sus piernas morenas torneadas de patinar al sol, el corazón de Zaida subió de mil a dos mil pulsaciones en cuestión de segundos, Marta estaba igual que hace dos años, igual de guapa, de perfecta, de adorable. ¿Qué debía hacer ahora? Por lo pronto se quedó escondida tras el seto, mirando como Marta empezaba su paseo, y no se percataba de que Zaidita estaba ahí a unos 30 metros de distancia.









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